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May 19, 2012
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DISCURSO DE LORENZO FRAILE ANTE LA MESA REDONDA DE ABC

Lorenzo Fraile

Lorenzo Fraile

Señoras y Señores, buenas noches.

Comienzo mi discurso

Como ganadero, mi intención esta noche es hablarles de la cría del toro de lidia y de las repercusiones económicas y ambientales de esta actividad. Pero ante todo, para mí hablar del toro, por encima de datos y cifras, es hablar de mi vida y explicarme a mí mismo. Mi vida es cuidar al toro, amar al toro y luchar por el toro, por lo que sobre todo me gustaría poder transmitirles esta noche un poquito de lo que la cría del toro bravo significa para nosotros los ganaderos.

Fue mi abuelo el que empezó a dedicarse a la cría del ganado bravo, y de mi abuelo heredó la afición mi padre. En cuanto a mí, de pequeño, puede que con no más de dos o tres años, ya jugaba con mi hermano Nicolás a ser ganaderos. Jugábamos con las agallas o abogallas de los robles que había en la sierra del Puerto: las agallas que tenían picos eran las vacas; las redondas pequeñitas eran las añojas, a las que herrábamos; las más grandes eran los toros. Y con ellas, en nuestro juego, reproducíamos con todo mimo y cariño las faenas que hacían nuestros mayores en la ganadería.

Y al cabo de los años, eran mis hijos y sobrinos los que –sin decirles nada- pasaban las horas muertas acarreando cajas de agallas como si fueran camiones y construyendo cercados con pequeños palos.

Fue pasando el tiempo, y cambié el campo por los estudios de Perito Agrícola en Madrid. Al terminar la carrera, en vez de colocarme en la administración o cualquier otro empleo, como hicieron mis compañeros, decidí que sería más feliz dedicándome al juego con el que me entretenía de pequeño. Quise hacerlo realidad con animales de verdad, dedicando todas las horas del día para intentar ser un ganadero como lo habían sido mis antepasados, tomando a mi padre como referente. Para él lo más importante era la crianza del toro bravo, estando pendiente del ganado las 24 horas del día, convirtiendo tanto al toro como a la vaca, desde que nacían, en los reyes de la dehesa.

Y es que hablar de la cría del toro es hablar de amor por los animales. En las dehesas vive el ganado de lidia en régimen extensivo, con todo el campo a su disposición. Atendemos a los animales con el mayor cuido y regalo, pendientes de cualquier resfriado o cualquier otro contratiempo por insignificante que parezca. Una de las ocupaciones básicas en el campo es pasar revista diaria a cada animal, de forma que en cuanto aparece un problema ya está el remedio puesto, para que como he dicho sigan siendo los señores de la dehesa.
• De este modo, las dehesas constituyen la simbiosis perfecta entre el hombre y el animal. En las cerca de medio millón de hectáreas dedicadas en España a la cría del toro, la mano del hombre contribuye a preservar la flora y la fauna autóctonas. Desde el máximo respeto y amor por el campo, se mantienen así reductos naturales de gran valor ecológico cuya conservación sería de otro modo en muchos casos inviable.
• La dehesa además nos ofrece otro regalo esencial: crea puestos de trabajo y ayuda a fijar población en zonas rurales.

Quizá parte del problema en la polémica actual sobre los toros creada en Cataluña radica en el hecho de que cada vez más una gran parte de la sociedad vive de espaldas a la realidad de la naturaleza y de la vida en el campo. Yo al menos lo entiendo así, pues pienso que no puede haber mayores defensores de los animales que ganaderos y aficionados en general. Puede que a los autoproclamados defensores de los animales se les llene la boca hablando de la libertad de los animales, pero para mí esa libertad es muy distinta de la que ellos proclaman:
Es la libertad del toro en el campo, y es la opción del toro de demostrar su bravura y acometividad en la plaza.
Me ilusiona la bravura, me emocionan las arrancadas al caballo, vivo para disfrutar del espectáculo de un toro que embiste incansable.
Y como cualquier otro ser humano, sufro con los accidentes ocasionales en los que el toro se estrella contra las tablas y se lastima un cuerno, o quizá se rompe una mano durante la lidia. Pero también sé que el milagro del toro de lidia, de esta raza especial y única, se cifra en el deseo de seguir embistiendo, como vi yo en Zaragoza a Cartuchero. Se había lesionado ambas manos, pero por su bravura a pesar del dolor seguía embistiendo al capote que intentaba devolverle al corral.

Los ganaderos criamos al toro como rey de la dehesa para que pueda convertirse en rey de la plaza. Me gustaría agradecer a ABC la oportunidad de dar a conocer un poco más la crianza del toro bravo y la grandeza del toro de lidia. Confío en que desde el mayor conocimiento de esta realidad pueda aumentar el entendimiento y respeto por la tauromaquia, y de este modo el toro siga estando en el lugar que le corresponde: el auténtico rey de nuestra fiesta.

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