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Crónicas 2010
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LA TÉCNICA Y LA CALIDAD DE PONCE, Y EL VALOR ESPARTANO DE URDIALES, SE VIVIÓ CON INTENSIDAD. LA CORRIDA DEL PUERTO DE SAN LORENZO, GRANDE Y ÁSPERA, TUVO, SIN EMBARGO, UN EJEMPLAR DE BONDAD INFINITA, LIDIADO POR PONCE EN CUARTO LUGAR "CARAALEGRE".
CARLOS ILIÁN. Bilbao, 28 agosto 2010.
El signo de una corrida puede cambiar en un instante. Hasta el sexto toro la tarde tenía el sello de una faena aclamada de Enrique Ponce y el valor de Diego Urdiales en el quinto. Cuando salió 'Yegüizo', de pavorosos pitones y pavorosas ideas, todo lo anterior perdió protagonismo. El toro en menos de cinco minutos corneó de gravedad al banderillero Mario Romero, al que sacó, literalmente, del burladero y a Iván Fandiño en la faena de muleta. El toro había sembrado el terror y había cambiado el semblante de los aficionados.
En la enfermería, el subalterno fue operado de dos cornadas, una por encima de la rodilla y otra en la zona inguinal. El diestro vasco fue intervenido de una cornada en el tercio superior cara interna del muslo derecho. Ambos de pronóstico grave.
Pero antes el toreo, en sus dos versiones, la técnica y la calidad de parte de Ponce, y el valor espartano de Urdiales, se vivió con intensidad. La corrida del Puerto de San Lorenzo, grande y áspera, tuvo, sin embargo, un ejemplar de bondad infinita, lidiado por Ponce en cuarto lugar. El maestro valenciano lo entendió a la perfección, no abusó de sus menguadas fuerzas y compuso una faena densa, liviana, vistosa, bien hilvanada, de mucha brillantez pero sin grandeza. Faltaba el remate de la espada y Enrique, otra vez, se fue a los bajos. El palco solo concedió una oreja entre la ira del público. Pero Matías, el presidente se mantuvo firme. En Bilbao no se pueden dar dos orejas después de un bajonazo. A un gran Ponce le siguió, pues, un gran Matias. Justicia salomónica.
Diego Urdiales sustituyó a Perera que fue baja de última hora por una lesión de médula. Urdiales hizo un toreo templado y reposado al segundo, muy escaso de casta y se la jugó de verdad con el quinto, que exigía medirse mucho. Un toro agresivo y violento ante el cual Urdiales mantuvo la firmeza y el tono, sin dar un paso atrás. Le costó un mundo matar aquel tremendo toro, pero merece el elogio por su torería, impregnada de valor auténtico
Fandiño ya las pasó canutas ante el peligroso tercero y al final no pudo evitar la cornada que llegaría en ese sexto que sembró el terror.
MARCA.COM |
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CON SU GRAN FAENA AL CUARTO DE LA GANADERÍA PUERTO DE SAN LORENZO, EL MAESTRO PONCE NO SÓLO CELEBRÓ POR TODO LO ALTO SU CINCUENTA PASEÍLLO EN LA PLAZA DE VISTA ALEGRE, SINO QUE VOLVIÓ A CORONARSE EN EL VEINTE ANIVERSARIO DE SU ALTERNATIVA .
Aunque la presidencia se negó cerrilmente a darle la segunda oreja, el público le compensó con una vuelta al ruedo clamorosa y con la ovación más larga que se haya escuchado jamás en esta plaza. El torero Diego Urdiales, valiente sin más, e Iván Fandiño, que estuvo irresoluto y fue desgraciadamente herido, no anduvieron a la altura del gran acontecimiento.
Pero vayamos al único momento culminante del festejo porque ni Ponce, aunque anduvo muy por encima del nada fácil primer toro, ni Urdiales pese a sus muchas ganas y al valor que le echó al quinto, ni Fandiño, tan deseoso como torpísimo con sus dos enemigos –mucha tela para el diestro vasco–, solamente con el noble cuarto ejemplar de la ganadería salmantina la jornada alcanzó el altísimo nivel con que Enrique Ponce volvió a mostrar sus regias credenciales.
Bueno, aunque a menos, su brío en este toro, el maestro lanceó con templada elegancia en el recibo, lo lidió con administrada sabiduría y, una vez brindada la faena al público, lo toreó sobre ambas manos con tanta sutileza como enjundia. Desde los doblones del inicio hasta el abaniqueo del final que precedió a una estocada contundente aunque algo caída, la plaza saboreó pase a pase, pausa a pausa, tramo a tramo una de esas obras sinfónicas que distinguen al valenciano, capaz de sacar siempre de los toros más partido del que tienen. En sus manos los toros se vuelven tan obedientes que parecen desaparecer. Ponce llena toda la escena y tanto su toreo como su estar y andar por la plaza, se convierten en un acto del más caro ballet que se pueda contemplar en una plaza de toros frente a un animal que, al fin y al cabo, siempre puede herir y hasta matar a quien tiene delante. Y ahora a esperar a ver cómo explican esto sus enterradores. Ponce, ayer, los enterró a todos.
Bilbao, 28 agosto 2010.
INTERECONOMÍA.COM
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PONCE HA CUAJADO ESTA TARDE UNA HERMOSA FAENA AL CUARTO TORO DE EL PUERTO DE SAN LORENZO. VIVIDA CON GRAN EMOTIVIDAD EN LA TARDE EN LA QUE EL VALENCIANO HACÍA SU PASEILLO 50 EN BILBAO.
Fue una obra que resume lo mejor de la tauromaquia poncista: la ligazón un punto al hilo del pitón con la muleta siempre puesta, pases de pecho majestuosos, un toreo cambiado de sublime belleza y una expresividad que es todo un paradigma.
Antonio Castañares. Bilbao, 28 agosto 2010.
La tarde, al final, fue sangrienta. El sexto toro fue una prenda, con dos guadañas y además certero porque primero se llevó por delante al banderillero Mario Romero cuando se metía en un burladero en lo que fue un exceso de confianza. Después cazó al propio Iván Fandiño. Los dos al hule, uno con dos cornadas, en el muslo derecho y la ingle, y el otro también en el muslo derecho, ambos aparentemente gravemente heridos.
Era la parte dura de la Fiesta, porque la más bella fue la ovación atronadora que saludó emocionado Enrique Ponce desde el centro del ruedo, cuando había paseado una oreja y el público seguía rompiéndose las palmas aplaudiendo. Era el reflejo de la comunión que a veces se da en una plaza de toros entre un torero que hace del arte de torear todo un gozo, que vive para él porque forma parte de lo más profundo de su vida, y de un público como el bilbaíno, que le adora porque en ese ruedo de arenas negras ha cuajado tardes antológicas.
Ese cuarto toro fue el único que se salvó de una corrida muy complicada del ganadero salmantino Lorenzo Fraile. Ya en el capote pareció adivinar Ponce que ofrecería la posibilidad de cuajarlo porque se meció con él y le fue ganando terreno en lo que fueron verónicas de suave fluir. Lo probó y lo estudió el valenciano a la salida del caballo y, cuando llegó a la muleta, ya sabía de él. Tenía un buen pitón derecho pero había que hacerlo, llevarlo mucho. Así lo hizo Ponce y las tandas comenzaron a fluir en redondo, erguido el torero, el compás moderadamente abierto, gustándose, elegantísimo. Los cambios de mano y los pases de pecho al hombro contrario ponían la guinda a una faena vivida intensamente en la que el colofón, con esos muletazos de rodilla genuflexa de hondo sabor a los que el propio torero ha puesto su nombre, las poncinas, hicieron subir la temperatura en los tendidos. Cayo un punto baja la espada y se esfumó la segunda oreja.
El que abrió plaza adelantó lo que después seria la corrida: era un animal áspero, con genio, que reponía rápido, derrotaba y nunca hizo la intención de seguir la muleta hasta el final. Había que llevarlo muy tapado y así lo hizo Ponce, con firmeza en los toques y haciéndole todo para que no afloraran sus defectos. Fue silenciado.
El resto de la corrida, muy seria por cuajo y pitones, tuvo el interés que da el toro con casta de la mala, el toro con genio. No se desplazó el primero de Diego Urdiales, que sustituyó a Miguel Ángel Perera, y con él anduvo muy firme el riojano sacándole algunos muletazos meritorios. El quinto era un galán con dos leños, que desarrolló sentido y sabía dónde estaba el torero. Tiró Urdiales de decisión y sufrió una fea voltereta, afortunadamente sin consecuencias.
Iván Fandiño tuvo la desgracia de encontrarse con un primero muy peligroso, que no pasaba y con el que sólo pudo estar decidido y matarlo. El sexto fue un toro aún con más peligro, al que intentó pasar cuando sólo estaba para machetear. Llegó la cornada y lo mató Ponce tras doblarse con él de una media defectuosa y descabello.
EXTREMADURA.COM
Fotografía mundotoro.com |
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CARAALEGRE, EL CUARTO, DE GRAN NOTA SU ENCASTADA NOBLEZA Y SU TRANCO DE PORCELANA. PONCE LO CUAJÓ, SOBRE TODO POR LA DERECHA, EN UNA FAENA LARGA EN LA QUE ABUNDARON LOS CAMBIOS DE MANO, LOS MOLINETES Y VARIAS SERIES EN REDONDO BELLÍSIMAS. LE DEJO TIEMPO HASTA PARA HACER LA PONCINA Y NO LE CORTÓ LA SEGUNDA OREJA PORQUE LA ESPADA CAYÓ BAJA
Tan imponente como seria, tremenda y peligrosa salió la corrida del Puerto de San Lorenzo ayer en Bilbao. Una anchura de pechos descomunal, hondura máxima, pitones hasta decir basta y una suma de malas ideas tal que sólo el sexto toro se las compuso para enviar a dos toreros a la enfermería: primero el banderillero Mario Romero y después, al matador bilbaíno Iván Fandiño. Diego Urdiales pechó con un lote paradójico que midió milimétricamente su condición de torero. El primero fue noble pero absolutamente inválido; y el sexto, un toro gigantesco, descomunal y repleto de malas ideas. Pero el torero riojano no se lo pensó dos veces, y a pesar de que sabía que el cualquier momento lo podía mandar allí donde huele a cloroformo, se puso con él con esa verdad tan desnuda y profunda que atesora el torero que lleva dentro. Conviene pensar que hacía sólo tres horas estaba dándole un potito a su hija en Arnedo, desconocedor de la lesión de Miguel Ángel Perera y sin imaginar por lo más remoto que una llamada le iba a poner camino de Bilbao, ante el toro de Bilbao y con el rey de Bilbao, ese Enrique Ponce de veinte años de alternativa que celebró ayer su paseíllo cincuenta en el Botxo, que se dice pronto. Tuvo la suerte el de Chiva de encontrarse con un gran toro, el cuarto, de gran nota por su encastada nobleza y su tranco de porcelana. Ponce lo cuajó, sobre todo por la derecha, en una faena larga en la que abundaron los cambios de mano, los molinetes y varias series en redondo bellísimas. Le dio tiempo hasta para hacer la poncina y no cortó la segunda oreja porque la espada le cayó baja. El primer toro de Urdiales fue una auténtica pena, con calidad pero con embestida monjil y claudicante. El quinto, de más de 600 kilos, cortaba el hipo por su inverosímil alzada y por las velas con las se que coronaba su rizada testuz. Desde el principio demostró todas sus perversiones, aunque eso sí, matizadas por una movilidad tras la que se escondían hondonadas de asperezas, violencia y brusquedad. El toro exigía el máximo de Diego y el de Arnedo le planteó franca la batalla por ambos pitones. Recibió una espeluznante voltereta y no le importó apurar el vino amargo del astado hasta el final. Lo tapó todo, incluso pretendió echarle los vuelos al hocico como si fuera de carril. Muy bien Diego Urdiales en una plaza que lo respeta al máximo y en una gesta que no puede ni debe pasar desapercibida. El primer toro de Ponce empezó a pronosticar el destino de la tarde y el último, abierto de cuerna como una lira, no perdonó a nadie. El toreo es así de duro, así de bello, así de tremebundo. Dos toreros en la enfermería, graves, y otros dos ilesos, pero con el sabor del deber mucho más que cumplido.
Pablo G. Mancha. Bilbao, 28 agosto 2010.
Foto: suertematador.com
TOROPRENSA.COM
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DE APABULLANTE CUAJO TERCERO Y QUINTO. EL CUARTO, EL MÁS EN TIPO TUVO EXCELENTE SON. SE DEJÓ EL PRIMERO.FUNDIDO EL SEGUNDO; LISTO EL TERCERO, MIRÓN Y ARTERO; REMOLÓN EL QUINTO; MUY PELIGROSO EL SEXTO.
"DOS HERIDOS, CASI UNA MATANZA"
El toro de menos volumen pero no menos cara de la corrida del Puerto de San Lorenzo fue el último. Cornipaso: más larga la cuerda de pitón a pitón que el ancho propio del toro. Se vivieron con él momentos durísimos. Fandiño se fue a esperarlo a porta gayola y se hincó de rodillas en la primera raya. El toro salió frío, distraído y tal vez deslumbrado, se fue al paso al cite y a Fandiño le costó volar de rodillas una larga cambiada porque el toro apenas hizo por el engaño. Antes de cumplirse el lance se revolvió el toro y Fandiño tuvo que salir casi por pies y mal arropado en el capote. En el burladero más cercano a la puerta de toriles estaban dos banderilleros. El tercero de la cuadrilla, Mario Romero, salió a tiempo para quitar y cortar al toro cuando hacía hilo con Fandiño, pero no acertó a meterse a tiempo en la tronera. En la boca misma le pegó el toro dos cornadas secas y certeras, de las que los toros pegan de salida contra las tablas. No le dio tiempo a Romero ni a meterse en el callejón por su pie. Se lo llevaron a la enfermería.
Mientras bregaba en banderillas con el toro Roberto Jarocho, valioso y valeroso peón de brega, llegó la noticia de que Romero estaba herido de gravedad: dos cornadas en el muslo. Por una de ellas sangraba abundantemente. El toro resultó el más avieso de todos los vistos en Bilbao a lo largo de la semana: se escupió del caballo de pica, se quería huir sin fijarse. Jarocho logró sujetarlo con buenos capotazos. Pero el toro se metía a tablas y por debajo, estaba avisado y en cada movimiento parecía ganar sentido.
Procedía abreviar, pero Fandiño decidió ponerse, citar y estirarse como si el toro no estuviera pregonado. Dos veces, y en dos viajes por la mano derecha, el toro le buscó a Fandiño el vientre, las piernas y el brazo, como si quisiera desarmarlo. El tercer aviso del toro se resolvió con una cogida ya cantada: una voltereta formidable, el pitón se metió entre la banda y la costura de la taleguilla y, se supo luego, le atravesó la pierna al torero de Orduña. En la enfemería ya estaba siendo intervenido su tercero. La gente, con el corazón en un puño porque los dos percances dieron impresión de ser graves. Nadie recordaba que un mismo toro hubiera herido en Bilbao a dos toreros en un solo turno. Ponce salió a terminar y abreviar. Lo hizo con un breve macheteo de calidad. Estuvo rápido con la espada. Fue un alivio tras escenas tan dramáticas.
La corrida había empezado con el pie izquierdo. Poco después del sorteo de mediodía, Miguel Ángel Perera se cayó del cartel por fuerza mayor. Con dolores agudos en la columna, resentido de un percance sufrido en San Sebastián la pasada semana, Perera tuvo que ser atendido de urgencia. En el reconocimiento se detectó el aplastamiento de una vértebra. Se prescribió reposo absoluto. A la hora de comer Perera supo que tenía que cortar temporada. Diego Urdiales estaba en su casa de Arnedo cuando a las tres de la tarde le llamaron para venir a Bilbao –dos horas de camino- a sustituir a Perera. Con sólo un banderillero llegó Diego a tiempo a Vista Alegre. Y casi a la hora del paseo. Se tuvo que vestir de torero en la enfermería, que tan poblada iba a estar después. Se dio el festejo con siete banderilleros y cuatro picadores.
La corrida, de desiguales hechuras y regular condición, trajo un toro de gran estilo, noble, pronto y alegre: el cuarto. Ponce se templó con él en una faena segura, sencilla y templada, bien ligada por la mano derecha pero no por la izquierda, adornada con una deslumbrante tanda de tres circulares empalmados con uno de pecho, salpicada de gestos y paseos y, por tanto, con su teatralidad. El postre fueron cinco por abajo genuflexos de mayor cuantía. Pero a Ponce le costó igualar, se pasó de tiempo perdonaron un aviso y la espada entró desprendida y caería ladeada porque el toro tardó en doblar. Se pidió una segunda oreja. Ni la espada ni el toreo de capa sumaron.
Hubo dos toros, tercero y quinto, de traza monstruosa: por lo grandes. Los dos pasaron de sobra los 600 kilos y seguramente el que anota los pesos se apiadó de los toreros y rebajó la cifra. El tercero, andarín y mirón, incierto, probón y reservón, hizo sufrir a Fandiño. Con el quinto, y en una especie de combate entre hombre y bestia, Urdiales se jugó tan ricamente el tipo. Sin pestañear. Llegó a pasarse por la faja aquella mole inmensa y tan armada. Desigual pelea porque el toro hizo regates, embistió trompicándose y llegó a empalar a Diego en un viaje con uno de los garfios. La muerte fue difícil: media delantera, un pinchazo, otra media, tres descabellos. Llegaron a sonar dos avisos. Pero tras el arrastre del toro sacaron a Diego a saludar.
Protagonista de un quite providencial fue un mozo de espadas llamado Lucio, que vive y trabaja en el Sudoeste francés y hace las veces de agente de los toreros españoles que torean en la zona porque habla el francés perfectamente. Este Lucio, caballeroso y educado, estaba trabajando de ayuda de Ponce en la corrida cuando el primero de la tarde hizo a la salida de un par de banderillas por el tercero de la cuadrilla, el menor de los hermanos Tejero, José María, que perdió pie y cayó inerme casi bajo el estribo. Cuando el toro iba a hacer presa con él, Lucio sacó medio capote por encima de la barrera y evitó lo que pudo haber sido una cornada fatal. Los días de luna llena, dicen, propician percances porque los toros se agitan. El paseíllo se hizo esta vez sin música y se guardó un minuto de silencio en honor de Manuel Rodríguez “Manolete”, muerto un 28 de agosto en Linares por un toro de Miura. Hace 63 años.
El toro del quite de Lucio salió manejable y Ponce lo manejó con soltura, a tramos. Cuando se enfadó con él, le sacó una tanda emocionante porque parecía no quererla el toro. Y sí la quería. Dos pinchazos, una estocada, un aviso, un descabello. El segundo se derrumbó y revolcó en la arena. Todo un desperfecto. Urdiales anduvo compuesto, paciente y sereno. Media estocada, tres descabellos.
Colpisa - Barquerito
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LA CORRIDA NO HIZO PRISIONEROS. SE SALIO DEL GUIÓN Y SALIO DE CHIQUEROS PARA DECLARAR LA GUERRA. MUY DURA. FUE AMPLIA Y CUMPLIDA Y VOLVIÓ FEAMENTE GRUPAS A LA FECHA DE UN CLÁSICO: los cincuenta paseíllos de Ponce en Bilbao. Acostumbrado a ser hombre con esas embestidas que pasan arañando siempre machos, taleguillas y hasta el mismo aire, Fandiño había soñado con embestidas de algodón desde que lo anunciaron con la de El Puerto. Recordará no haber lidiado nunca dos toros tan amargos. El sexto resumió parte de esta encrucijada que fue la corrida. A porta gayola se fue, se paró el toro, se la tiró y le vino a hacer el quite Mario Romero, a quien baleó el toro en la tronera del burladero. Minutos después, mientras Fandiño se la ponía como siempre la pone, como se cita al bueno, cayó herido. Había vivido la corrida en esa frontera del ay y el hule desde el inicio y en el quinto Urdiales se libro por puro azar. Dura corrida, duro agosto, dura carne de perro de los toreros, tan denostados, tan a cara de perro. Y Ponce. 50 en Bilbao.
Procuramos entonces, de perro a perro, conscientes de que un hombre, Perera, lloraba no lejos de allí su mala suerte con una vértebra rota y el alma quebrada, dar sentido humano a lo que otros no dan. A quienes nos niegan. Esa es nuestra esencia de aficionados y partidarios de este mundo en el que hay apenas una línea de seda sutil entre la risa y el llanto. El sentido lo damos con nuestros actos. Matías presidente, tantos años aislado con su lupa de reglamento en las alturas, tan en su urna de cristal, decidió ser recordado en el 50 aniversario de Ponce y en el tsunami de una corrida dura de verdad, por no seguir el buen corazón de las mejores gentes que hay en las plazas de toros, las de Bilbao, y dar solo una oreja cuando toda la tarde de dureza, toda, la plaza, todo el mes de agosto de toreros heridos, todo el llanto de Perera caído, y toda la ilusión de Urdiales y Fandiño lo pedían. Pedían a pesar del bajonazo. Hay días que el bajonazo está en las alturas, en el palco. Hay días en los que los reglamentos son una mierda. Cristalino, sin literatura. Qué pena, tanta soledad de tantos años en esa urna de cristal del palco. Se pierde la perspectiva de que solo nosotros podemos y debemos dar sentido a nuestros propios actos.
Vivimos al margen del herido, mal asunto para el ser humano. Lo escribo para declarar, una vez mas, que es Bilbao plaza de respeto y de memoria, tan señorial, que al final del tramo de una carrera histórica, le vale madre una lupa y un reglamento. Bien Bilbao con Ponce, y con los otros toreros, valorando lo que se hizo a una corrida que, excepto la isla pajuna de la condición del segundo, fue de armas tomar. La oreja de Ponce vino precedida de su batalla a un toro reponedor, que no rompía para adelante y al que había que atacar y atacar. Marcó el listón de exigencia, pero por abajo. El segundo de su lote, que salio pacifico, se torno en embestida fuerte, mejor por el lado derecho y Ponce, tras brindar, se doblo con el de salida, se fue a los medios y se apretó a la velocidad del toro. Más que el calibre de una faena de variedad y pausas, de molinetes, de porcinas, de cambios de mano preciosos, de circulares ligados, de un bello toreo a dos manos de final, mucho más que eso, era la cara, el rostro de cada aficionado. Mató Ponce de baja espada. Con la izquierda no hubo lío, tampoco el toro era bueno por ahí. Pero hay tardes en los que o se valora el ruido del corazón o esta fiesta tiene sentido estrecho.
Sobre todo viendo como se la puso al burraco manso y peligroso tercero Fandiño. Pocas veces saldrá en esta vacada un toro tan malo. Quizás nunca más. Frenado en el capote, orientado, de movilidad seca y fuerte y hacia el cuerpo. Miró, midió, probó y no acertó porque, a veces los toros malos se quedan con las ganas de herir. Ese hombre se fue a porta gayola a recibir al sexto, abierto de sienes y bajo de cruz, que se le freno justo al pie de la arena gris. Se le vino seco en dos trancos, tiró la larga y, cuando le hacía hilo, Mario Romero le hizo el quite, pero se quedó como el que se queda atrapado en la puerta repleta de un bus repleto un día de tormenta y el toro le cazó en la tronera del burladero. Luego declaró el toro querencia a los adentros, feo estilo, violencia y peligro. En una tanda con la mano derecha el toro llego a tirarle varios derrotes hasta que le alcanzó en el muslo. Otros dos toreros al hule en este agosto de carne de perro del que no tenemos derecho a aislarnos pues si el gaje del oficio va la cornada, en el oficio del ser humano va dar razón de ser a esto que ya pocos entienden.
Hoy pudo ser tarde de gloria del toreo, y se quedó en tarde de sangre. Lo que no podemos controlar, las cornadas del toro, logran titulares. Lo que podemos controlar, el éxito, la otra cara de esta fiesta viva, lo descontrolamos y ya esta. Quizás piense Urdiales lo mismo, frente a ese torazo que en días era antirreglamentario por edad. Grande como la crisis, serio como el diablo y duro, sin una embestida en la que no tirase cinco o seis derrotes. Una y otra vez ese torero se la puso, se libro de la cornada por los pelos, firme y valiente y se quedo sin premio porque no acertó con la espada. Chapó a todos. Y a Bilbao, que es gente de bien, baluarte del toreo. Lo siento, no puedo decir lo mismo de Matías presidente vitalicio por la gracia de Dios o de quien sea. Hay días, Matías, en los que, o somos seres humanos que damos sentido al sentimiento colectivo o nos achicamos tanto que somos poca cosa. Un hombre apegado como siamés a un reglamento. Tiene usted razón la estocada fue baja. Eso, sin duda alguna, es superior en esencia, en fondo, en razonamiento a una tarde perros, a un agosto de perros, a un perro roto llorando en un hotel, y a 50 tardes de gloria que entraban en la historia. Enhorabuena.
FOTOGRAFÍA: TERROSO - BURLADERO.COM
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