ZARAGOZA, FERIA DEL PILAR.
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Crónica de Barquerito: "Esplá se despide con torería pero sin pompa". La última corrida, en el mismo escenario donde tomó la alternativa en 1976. Festejo interminable. Una faena brillante de Ponce, naufragio de Perera con la espada
Zaragoza, 12 oct.2009 (COLPISA , Barquerito)
Zaragoza. 6ª del Pilar. Casi lleno. Primaveral. Cerrada la cubierta durante todo el festejo, que se dio con luz artificial.
Seis toros de Lorenzo Fraile. Todos, con el hierro de Puerto de San Lorenzo, salvo el tercero bis, que llevaba el de Ventana del Puerto. Corrida muy voluminosa y cuajada, muy en corte Atanasio. Fríos todos los toros. Se empleó el segundo. Mansearon cuarto y quinto. Frágil un áspero primero. Manejable el tercero. Sin fuelle y distraído el sexto.
Luis Francisco Esplá, de tabaco y oro, ovación tras aviso en los dos. Enrique Ponce, de carmesí y oro, oreja tras un aviso y silencio. Miguel Ángel Perera, de carmín y oro, silencio tras tres avisos y silencio tras un aviso.
LA última corrida de Esplá. En la misma plaza donde toreó en mayo de 1976 la primera. Zaragoza, donde toda incomodidad tenía en 1976 su asiento. Y ya no. Treinta y cuatro temporadas en el frente. Veinte de ellas, en primera línea. Una ovación de salida, que Esplá compartió con Ponce y Perera mientras, destocados, el uno a los otros y los otros al uno se señalaban con la montera. Otra ovación de despedida, que, liquidado un festejo de casi tres horas y siete avisos, fue bastante más sonora. Esplá tomó emocionado el portante pero salió de escena muy deprisa. Ni tomó el puñadito de arena que se besa ni se erigió a sí mismo una estatua ni siquiera se cortó la coleta. Le espera una breve temporada en América. Su hijo Alejando pretende emplazarlo para que en primavera le dé la alternativa. Lo que sea.
Esplá tuvo el gesto antiguo de brindar el primer toro a su cuadrilla: Teo Caballero, Javier Sánchez, Juan Rivera, Paco Senda, Domingo Navarro y su fiel mozo de espadas Tin Portes. No estaba el gran Aurelio García, convaleciente de la costalada de agosto en Almería. A cada uno de los seis abrazó Esplá cariñosa y sentidamente. El otro toro se lo brindó Esplá a su señora esposa, Mimí Tarruella, sentada en un tendido junto a familia y amigos. Cuando devolvió la montera, se echó a llorar. O esa impresión se tuvo.
Esplá toreó templadamente de capa en el saludo al primer toro del Puerto, friote pero empapado en el vuelo de lances despaciosos. Al cuarto también le pegó Esplá a gusto cinco lances de caro son. Nada sencillos, porque el toro, Garabito, inmensa mole de 615 kilos, era de cuello y quilla descomunales y tuvo de partida la desgana clásica del encaste Atanasio. El juego de brazos, tan bonito, se acabó resolviendo con un inoportuno desarme. A los dos les puso banderillas sin hacerse de rogar. Dos cuarteos, uno por cada mano, y un gracioso violín en el primer turno. En el segundo, un extraordinario primer par de poder a poder, un segundo al violín como un respiro y un tercero de ataque precipitado y sólo un palo clavado. El toro cortó, no dejó a Esplá reunirse, hizo hilo con él y Paco Senda tuvo que hacer un quite salvador.
El primero de los dos toros del adiós fue tan áspero como frágil. Agarrado a la barrera –homenaje a Luis Miguel Dominguín-, Esplá abrió con dos espléndidos muletazos librados por arriba pero sin escupir al toro. Los cosió a cuatro saliéndose a la raya. El del desdén que abrochó tanda, embraguetado, fue puro ritmo. No empujó el toro ya más. Estaba para pararse. Esplá remató una tanda con un circular cambiado convertido en salomónica solución. Pinchazo, media, tres descabellos.
En la faena del cuarto, algo desatendida porque los tres avisos a Perera en el tercero lo habían torcido todo, Esplá se atuvo a rigor. Manso el toro, que reculó, bramó y pecó de falta de fijeza. Pero Esplá lo trató amablemente. Dibujó despacito con la mano izquierda, firmó un cambio de mano y un farol muy propios, preparó la igualada con cuatro gracioso pases de costadillo del repertorio romántico y, en la suerte contraria, pinchó con más fe que acierto. Tres veces. Cuatro descabellos. Un aviso. Un palotazo de una banderilla en una ceja cuando movían al toro. Y fin. O casi. Pues, azares del destino, el sexto de corrida derribó con estruendo en la segunda vara y, cuando mayor era el barullo de animales y gentes, apareció a una mano el capote de Esplá y como por arte de magia apagó de un soplo el fuego. Un quite antológico.
El resto de corrida no fue una anécdota. Por la mano derecha, Ponce toreó con convincente suavidad y precisión algebraica a un toro de estilo atanasio que previamente había dejado domado con el capote de brega. A la faena, muy inteligente en todo y por todo, le faltó la guinda de una tanda de verdad ligada con la izquierda. Tuvo el broche de una notable estocada. Y la inevitable coda de una de esas vueltas al ruedo de las de ir pisando huevos. Casi cuatro minutos. Perera se atragantó con la espada, tal vez no oyera el primer aviso porque se solapó con la música de un pasodoble y, después de seis descorazonados ataques con la espada, tuvo que renunciar. Un baldón. Al toro que se le fue vivo lo templó Perera en faena de firmeza y temple. Cara cuando hubo que tirar a modo de un toro agarradísimo. Pero mal medida. Ponce brindó a Esplá la muerte del quinto, que fue de nones. Y Perera se empeñó con un sexto distraído y desganado casi tanto como con el sobrero. Pero menos tiempo. ¿La espada? "Tenemos un problema..."
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