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May 19, 2012
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LEANDRO HACE EL TOREO Y PONCE TRIUNFA CON UNA GRAN CORRIDA DEL PUERTO

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A las nueve en punto de la bahía, Leandro le brindaba a Enrique Ponce el sexto sin saber aún que le estaba ofreciendo al maestro la faena de la tarde noche, y de muchas tardes, y de inmensas noches. En unos minutos, «Ventisquito» se coronaría como el toro de la magnífica corrida de Puerto de San Lorenzo, como el toro que se entregaría en la izquierda de ensueño de Leandro, simplemente Leandro, sencillamente el toreo

Qué fácil parece y qué difícil es hacerlo, decirlo con la muñeca, mecerlo con la cintura, acompañarlo en el viaje, vaciarlo con el alma. La muleta a rastras cosía cada embestida de seda del voluminoso «Ventisquito» en un rugido de público y mar, un eco atávico y profundo. Amagó con rajarse el toro en la tercera serie zurda, con la plaza hirviendo. Un amago nada más. Volvió Leandro a la derecha, por donde había empezado con un trincherazo de cartel de toros, y de nuevo dibujó el redondo, los adornos de cierre hacia los adentros, las trincherillas, la suavidad. Pero Leandro se perdió con la espada como un niño en la Montaña, nervioso, con la gloria encima, que fue la gloria a cuestas. Cómo estaría que tras pinchazos en ambas suertes y dos avisos, paseó una vuelta al ruedo con la plaza entera de Cuatro Caminos puesta en pie. La salida a hombros con Enrique Ponce hubiera sido la fotografía ansiada. A nada que la espada se hubiera hundido antes, habría completado la oreja que cortó del notable y astifino tercero con sumo gusto, a la altura de la clase del buen enemigo.

Ponce se inventó obra y trofeo con el toro que estrenó plaza, el más justito de fondo y formas del serio conjunto. Paseos y tiempos necesarios para no atacar ni atosigar. Y espacios ceremoniosos, mayestáticos como la vuelta al ruedo paladeada. Otra oreja y otra vuelta saboreada a paso de procesión culminaron la prolija faena al rematado cuarto, muy suelto en la lidia, de caballo a caballo y de burladero a burladero. Enrique Ponce lo toreó sobre la mano derecha, eje de su actuación, desmayado y sincronizado en redondo con la puntualidad de un muñeco de reloj de cuco. Pero del reloj precisamente se olvidó el torero de Valencia, que oyó un aviso mientras seguía toreando, y más que quería, incansable de afición. Todavía intentó la poncina, con el encastado toro pidiendo ya la hora. Solo marchó por la puerta grande.
El Cid lanceó al enorme segundo hasta los medios en verónicas bien voladas, rematadas en el mismo platillo con garbosa media. El quite por delantales también prometió. Pronto se puso el diestro zurdo de Salteras con la izquierda hasta cogerle el pulso a un toro noble que de entrada gazapeó. Se lo halló, pero por el pitón derecho la embestida tuvo mayor y mejor estilo. Desigual encaje del sevillano, que dilapidó, de todas formas, el premio con la espada. Cuando sí que se encajó El Cid de verdad fue con el quinto. Y lo toreó como el viejo Cid. Sobre la derecha exigió al toro y sobre la izquierda tiró de él el tranquito que le faltaba. Mató en la boca de riego y cobró un premio que sabe a laureles reverdeciendo. Grata noticia.
ZABALA DE LA SERNA.
Santander
Plaza de toros de Cuatro Caminos. Martes, 21 de julio de 2009. Cuarta corrida. Casi lleno. Toros de Puerto de San Lorenzo, serios, de estupendo juego menos el 1º; destacaron el gran 6º, la clase del 3º; suelto y encastado el 4º; nobles 2º y 5º.
Enrique Ponce, de rioja y oro. Estocada caída. Aviso (oreja). En el cuarto, aviso, pinchazo y estocada (oreja). Salió a hombros.
El Cid, de habano y oro. Tres pinchazos, media estocada atravesada y tres descabellos. Aviso (silencio). En el quinto, estocada muy trasera (oreja).
Leandro, de verde oliva y oro. Estocada desprendida. Aviso (oreja y petición). En el sexto, cuatro pinchazos y estocada y dos avisos (vuelta al ruedo en compañía del mayoral, que salió a saludar).