'Á BOUT DE SOUFFLE' (SIN ALIENTO)
E-mailCorrida de la Prensa, 22 mayo 2007. Plaza de Toros de las Ventas, Madrid.
C.R.V.
Una hora de infierno pasó por Las Ventas. Como en el Gólgota. Se fue la luz y se hizo el fin del mundo. Gárgolas de Notre Dame, pólvora de Waterloo, tormenta de la Odisea de Ulises, lenguaje apocalíptico de Zaratustra, Ángeles y Demonios, dragones y mazmorras conquistando el cielo para el infierno. Debajo del caos, a pie de barro y agua, ajenos al fin de los días, una faena de aliento humano de Juan Bautista y otra de espíritu inhumano de Castella. A todo color, limpia y sedosa la de uno, en blanco y negro y sin aliento la del otro.
Huyó despavorido el pueblo de los tendidos cuando el huracán y el infierno desplazó al cielo, a eso de las ocho y media de la Corrida de la Prensa y Juan Bautista se puso a torear con unas maneras y una profundidad casi inesperadas. Media hora después vimos una reposición de la película de Godard, Á Bout de Souffle (Sin Aliento), o un pedazo inédito de esa cinta trepidante y vertiginosa protagonizada por Belmondo y Jean Seberg. Sin aliento Castella, pues dudo que un ser humano sea capaz de estar al borde del precicipio sabiendo que la caída podía ser para no levantarse jamás. Bautista frente a un toro de embestida clara y Sebastián frente a un toro gazapón y geñudo, áspero. Como recién caído de la batalla de dragones, cuando una hora de infierno tomó al salto Las Ventas.
Debajo de la piel de Castella se intuía a un hombre verde, de sangre bajo cero, semicongelada. Hoy se certificó que no es de este mundo y que, si lo es, el género humano puede vivir sin respirar. Á Bout de Souffle. Era ya historia la corrida pues jamais dos franceses habían logrado poner a Las Ventas de bote en bote. Era historia por ser la confirmación de un sobrino nieto, Ambel Posada, de un torero recordado. Pero, cuando el paso del tiempo nos aleje de esta tarde de forma que podamos ver el bosque entero, la tarde será recordada en blanco y negro, infernal y de huída, inhumana. Una tarde de rayos y truenos, dura, muy para hombres, que vino a rescatar a otra media tarde lánguida, espesa, tristona y hasta desesperante. Vulgar.
Muy estresado sin saberse la razón, el Palco condenó al matadero a un toro de temple excepcional: el primero, al que Posada había lanceado a la verónica despacio, con compás. Lentamente. Para mandar al carnicero la bravura siempre hay tiempo y el sentido común nos obliga a dar una oportunidad a un toro que blandeó, pero que, conocido este encaste, siempre había una esperanza: que se mantuviera. Con el sobrero de La Palmosilla, serio y con cuajo, noble y claro, pero escaso de fuerza y quizá de fondo, Posada compuso pases de belleza clara. Estuvo agusto, dispuesto y asentado, pero en Madrid la emoción que no tuvo la faena es la esencia.
Fue el primer acto de medias tintas de una tarde que continuó con Juan Bautista parando tres toros, el tercero tris de Martelilla, toro sin lustre, de fondo escaso y clase ramplona, pero noble y manejable. Toro al que ni la grada ni el toreo le dieron importancia. El torero se puso suficiente y tapó defectos del toro sin que se advirtiera esta ciencia: querencias hacia adentro, embestidas rajaditas...Tampoco fue glorioso el acto tercero, con Castella aperturando una faena de infarto con pase cambiado por la espalda a un toro noble, mansito, de tipo y hechuras ideales. Inicio con eco en la grada, pero quizá a contraestilo de la condición del toro, pues sus fuerzas pedían más ritmo y templanza. Estuvo Castella empeñado en buscarle las vueltas, a veces sin perderle pasos, desarrollando el toro mejor con su inercia y más espacio, pero duró poco.
Fue cuando Lucifer se sentó a jugar al mus con el Dragón, bajo el aguacero del fin de los días, que salío ese toro típico de El Puerto, bastito de cuerna, ancho de sienes, y sin línea hermosa, pero de condición notable o sobresaliente, el cuarto. Como las grandes óperas, la obra fue a más. Con aplomo que se le desconocía, asentado y firme, con pulso y mando a pesar de que la muleta pesaba ya un quintal, las tandas de Juan Bautista tuvieron hasta una expresión estética, más propia de este país de la oliva que del de la mantequilla. Bien de verdad este torero en los cites, en el trazo largo, prolongando la embestida de un toro que la siguió hasta el final, por los dos pitones y siempre en el mismo terreno. Juan Bautista será Jean Baptiste, sin duda, pero parece otro torero, más hondo, con más aplomo y excelente manejo de los brazos, temple y ritmo y pases de pecho que firmaría el mejor del sur del sur. Una estocada caída y premio de oreja.
Gestos de ente inhumano en una faena que, a ratos, parecía sin sentido, muy embroncada, dura y demoníaca, en la que sólo creyó Castella: la del quinto, animal agalgado, alto, abierto de cuerna y de feo tipo. Con escaso castigo en varas porque dobló las manos, el toro comenzó la faena gazapeando de forma fea, llegándose al torero sin entrega alguna, sin ir metido en la muleta y protestando con cierto genio y sin pasar. Le propinó el toro un brutal encuentro, pasándolo de pitón a pitón por los aires y buscándolo en el suelo y, en situación física límite, Castella tiró por la calle del infierno con el toro reponiendo sin pasar, violentado, y el torero a merced de la cornada una y otra vez. Nadie tuvo fe. Gestos de volver el rostro, orden de terminar con el toro.
Pero Castella tuvo fe. Una y otra vez fue robando pases con la zurda, ayudándose con la espada. Cara o cruz siempre, pero cada vez con pases más rotundos, venciendo la batalla en medio de los gritos de '¡Torero, torero!'. No es humano o, si lo es lo disimula tan bien que parece de otra galaxia este francés que ya no es francés. Incluso después de cuatro descabellos, consiguió el premio de una oreja. Luego, agua y barro, un toro muy hondo, serio, probón y mirón, de pitón izquierdo de alto riesgo y el derecho para cruzar la raya, la frontera. Posada le metió mano en el barrizal. Pero el toro, su toro, fue el primero, ese burraquito zancudo y cansino de calidad grande al que toreó a la verónica superior y al que el stress del Palco lo había mandado al carnicero.
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