LA HEROICA FRANCESA SE IMPONE A LA TEMPESTAD.
E-mailCorrida de la Prensa. 22 mayo 2007. Plaza de toros de las Ventas, Madrid.
ZABALA DE LA SERNA.
La Corrida de la Prensa arrancó francamente mal y acabó heroica. La tarde se torció desde un primer momento, pero la enderezó la legión francesa, la armada gala, una legión de honor, enviada desde allende de los Pirineos contra los elementos, el diluvio, una climatología terrible, la tempestad desatada; la tormenta y el viento bajaban con fuerza cinco desde el luctuoso cielo. Juan Bautista y Sebastián Castella estuvieron en toreros con pies de plomo sobre el barro, de distinta forma, con diferentes toros: bueno el cuarto y una alimaña el quinto.
A Bautista se le iluminó el toreo, con una naturalidad y una frescura extraordinarias, sobre las dos manos, especialmente sobre la izquierda. La muleta aún tenía vuelo, como si no pesase empapada por la torrencial cascada que se precipitaba desde la negritud de unas nubes que estallaron en un rayo ensordecedor cuando pinchó antes de matar.
A Castella no le quedó otra que jugársela a puro huevo. Nada más empezar la faena en los medios el toro, un tío de vertiginosa alzada y pavorosa testa, se le quedó por debajo y le prendió en una terrible voltereta. Se lo pasó de pitón a pitón, con la intensidad de los focos haciendo el drama aún mayor. No quería que su compatriota le ganase la partida con la oreja que había cortado y se propuso despreciar la vida contra toda lógica. El toreo a veces es así, ilógico pero heroico. Tres desarmes intentando un imposible toreo al natural, con la bestia haciendo hilo, andándole, midiéndole. Nada parecía hacer desistir a un torero nublado por el valor y arrojado a una lucha a pecho descubierto. Hasta que le cogió el aire y el temple, ayudado por la espada, en unas series de naturales que contuvieron todo el mérito del mundo. El rostro lívido, un chorrillo de sangre que surcaba el pómulo, la laguna de Las Ventas, todo sumaba para hacer de aquello una gesta sobre cualquiera otra connotación. Media plaza había abandonado ya, pero Sebastián Castella no abandonaba. La estocada no tuvo toda la muerte necesaria y hubo de recurrir al descabello. Marró cuatro veces. No importó para el trofeo, que protestaron los que más a cubierto estaban en gradas y andanadas. Tanta exposición debía tener su premio. El histórico cartel con dos galos en Las Ventas salía vencedor. Bautista toreando muy, pero que muy bien, y Castella apostándolo todo.
La sensibilidad que tuvo el presidente Muñoz Infante al valorar la entrega de dos toreros en tierra extraña, le falló estrepitosamente al devolver el toro que le correspondía a Ambel Posada para confirmar la alternativa. No sólo porque se marcó el listón de la tarde, sino por que tal vez no haya pisado un toro con tanto temple de salida, con semejante buen tranco y tan definido de primeras en lo que llevamos de feria. Las verónicas de Posada fueron antiguas reliquias del toreo de capa, con su punto barroco y su sabor. Imperdonable devolución e imperdonable que el toricantano y su cuadrilla contribuyeran a ella con superior torpeza. El sobrero de La Palmosilla, un serio cinqueño, derrochó nobleza a media altura, con las dosis justas de revoluciones o un poco menos. El nieto de Juan Posada evidenció su concepto en la tercera serie de redondos, cuando le tomó el pulso. Más cruzado con la izquierda hubiera estado mejor. Cumplió con dignidad antes de encontrarse con un encastado sexto. Las complicaciones de la casta le desbordaron.
Bautista paró hasta tres toros en segundo lugar. El titular de Puerto de San Lorenzo -también devuelto con precipitación; ¿no vio el vídeo de la corrida de Valdefresno que con tanto tino presidió César Gómez?-, un sobrero de Valenzuela que se dañó contra un burladero y el definitivo de Martelilla, muy lavado y escurrido, que manseó y se dejó descastadamente en la muleta, sin humillar.
Castella principió la faena al engatillado tercero valiente pero al revés. No todos los toros valen para los pases cambiados, y además el pitón era el derecho. Cuando se lo planteó con temple enderezó una faena que acabó con el toro rajado, cosa que no hicieron ni él ni su compatriota después.
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