OREJA DE ORO PARA JUAN BAUTISTA Y OTRA DE DIAMANTE PARA CASTELLA...
E-mailCorrida de la Prensa. 22 mayo 2007. Plaza de Toros de Las Ventas, Madrid.
JOSE ANTONIO DEL MORAL.
OREJA DE ORO PARA JUAN BAUTISTA Y OTRA DE DIAMANTE PARA CASTELLA TRAS SUPERAR EL RECORD DE SU INCREIBLE VALOR
Una primera parte de corrida tan esperanzada como desconsoladora y una segunda accidentada, heroica, colosal, hasta diría que irrepetible e histórica porque muy pocas veces hemos podido ver un duelo torero a la par difícil, apasionado y emocionante entre dos toreros franceses ocasionalmente enfrentados en la plaza más determinante del mundo, ayer convertida en escenario de atención máxima para los aficionados del país vecino a la vez que para los de todo el mundo interesado en el devenir de la Fiesta.
Confirmaba su alternativa Santiago Ambél Posada y a él le correspondió en primer lugar un toro que, de haber tenido fuerza, seguro que le habría servido para triunfar como aconteció en la pasada feria de Fallas. Sus lances de recibo a la verónica fueron en verdad lo más artístico y con más clase de la que iba para difícil y en algunos aspectos casi imposible jornada. Pero un insensible presidente decidió devolver este primer toro a los corrales y Ambel tuvo que afrontar el doctorado con un sobrero bastante peor que el anterior de La Palmosilla. [...]
Y en estas que la tarde toma aspecto tormentoso y se desata en aguacero racheado acompañado de truenos y relámpagos wagnerianos que obligan a gran parte del público situado en los tendidos a buscar refugio en los pasillos interiores. No El Rey ni quienes le acompañaban que así pudieron vivir en primera fila lo que inmediatamente aconteció. Que lejos de desistir ni un segundo, Juan Bautista afrontó la lidia y la faena de muleta que contra viento y marea enjaretó al cuarto toro – bravo y menos mal que noble – con la honda sencillez y la gustosa naturalidad de los elegidos. Muy buena la faena y desde luego meritísima dado el vendaval que soplaba y el agua que empapó todo y a todos salvo el indeclinable ánimo del diestro francés hasta matar de pinchazo, buena estocada y descabello. La mayoritaria petición de oreja y su legítima concesión satisficieron mucho al respetable y más al rubio matador que paseó el trofeo tan encantado y feliz bajo la lluvia como en una tarde de sol.
Sebastián Castella – !claro estuvo¡ – no podía quedarse atrás y salió más a por todas que nunca a costa de lo que fuera. Y para el caso, un toro realmente endemoniado, absolutamente a contra estilo del gran torero de Beziers porque lo que nunca aceptó fue la cercanía y menos la quietud de pies, hasta el punto de sufrir Castella de entrada una cogida espeluznante que provocó el pavor de los presentes en la general creencia de que había resultado muy gravemente herido por tan tremebundo e horripilante revolcón. Pavor que siguió provocando el torero por inasequible al desaliento en los sucesivos e incesantes hachazos que el toro le lanzó sin que le fallara una sola vez la cabeza ni el control sobre sí mismo ni de la tremenda situación pese a su apariencia de divino cristo ensangrentado.
Ver a Castella como si tal cosa, sereno el rostro, despierta su inteligencia, inacabada y más que sobrada su decisión en resolver la terrible papeleta por el algo más posible pitón izquierdo hasta convertir aquella fiera en medio sumisa y aparentemente colaboradora, fue algo digno de pasar a los anales de la Tauromaquia porque allí no pudo haber quietud ni temple ni eclosión serena, sino pura y dura lucha abierta en medio de una incontenible pasión.
Inenarrable fue ver cómo Castella pulverizaba su propio record de valor, al tiempo suicida y consciente como jamás vimos el de nadie, hasta el grado de desbordarse el entusiasmo de la mayoría del público puesto en pie y gritando torero-torero mientras el glorioso y heroico gladiador se disponía a cambiar de espada para entrar a matar a su asesino oponente. Cosa que no logró en el primer envite ni hasta el cuarto intento con el descabello. Y máculas a las que se agarraron los contestatarios para protestar la oreja que se le concedió. Una de las orejas, por cierto y a pesar de los pinchazos, mejor ganadas que uno haya visto en su vida. ¡Sí señor¡
La tarde terminó con un torazo encastadísimo que se quedó muy crudo en varas y que se fue tan arriba en banderillas que habrían hecho falta el valor y el coraje de varios toreros a la vez unidos para domeñar aquel ciclón. Dado su verdor profesional, más que digno anduvo con él Posada quien merece otras corridas menos duras y dramáticas para que todos podamos disfrutar de las inmejorables maneras y del arte que atesora. Sería un despropósito perderlo porque los toreros de su corte también son necesarios. No solo los del valor aunque a éstos les quepa siempre el honor del mando supremo de la Fiesta porque el valor siempre lo tapó todo y más cuando los toros no se prestan a ninguna floritura ni relajo. ¡Señores, qué difícil, qué admirable, qué maravillosa profesión!
En tarde incomodísima con tormenta, aguacero y vendaval intermitentes, el diestro galo de Arles pudo y supo aprovechar el cuarto toro - el más bravo y claro de los cuatro que se lidiaron de Puerto de San Lorenzo - con una solvente y templada faena, mientras su compatriota más distinguido y esperado de Beziers le respondió con un trasteo dramático de inusitada entrega y carácter épico frente al dificilísimo quinto de la ganadería titular. La presidencia se precipitó devolviendo un primer toro que, pese a resultar muy blando, tenía tanta clase como los preciosos y muy sentidos lances a la verónica con que le saludó Santiago Ambel Posada para confirmar su alternativa, luego sin suerte con el también flojo sobrero de La Palmosilla y tampoco con el muy crudo, encastadísimo y progresivamente peligroso que cerró un largo festejo que empezó de mala manera con tres sobreros consecutivos de otras tantas ganaderías tras ser devueltos los más flojos de la divisa salmantina.
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